En el pensamiento helénico de la antigüedad, dos prominentes escuelas filosóficas acuñaron lemas que marcaban dos estilos de vida alternativos. Para una de ellas, la finalidad de la vida era la búsqueda del placer, no sólo para satisfacer pasiones, sino para procurarse una existencia de tranquilidad egoísta e ilusoria libertad. La otra, aun cuando rescataba la razón como la mayor virtud del hombre, era panteísta y fatalista, suponiendo que la única divinidad era el alma misma del universo y que el destino del ser humano estaba predeterminado de modo inalterable, de manera que enseñaban que debíamos someternos a la vida sin queja alguna. La consigna de la primera era: “disfruta la vida”, mientras que la segunda proclamaba: “soporta la vida”.

En el siglo pasado, el reconocido sicólogo y filósofo humanista alemán, Erich Fromm, señalaba en una de sus más destacadas obras que «sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir»[1], indicando que en la medida que logremos vivir de manera espontánea nuestras dudas existenciales serán disipadas y se afirmará nuestra identidad.

En nuestros días, vivimos en medio de una realidad que contradictoriamente se desarrolla en dos direcciones. Por un lado, éste es el tiempo del redescubrimiento y la revitalización de lo espiritual, pero a la vez se enarbolan también dos banderas distintivas de la posmodernidad: el nihilismo y el agnosticismo. Y así, sin creer en nada, privados del auxilio de la razón, predomina lo emotivo, lo efímero, lo que me gusta y me identifica con aquellos que sienten como yo. Es la época del “siento, luego existo”, aunque no sepa para qué, ni me interese.

Vivir por vivir, vivir para sufrir, vivir para el placer, vivir sin que nada importe. ¿Es ésta la vida? «Para la mayoría de nosotros  –decía Oscar Wilde–  la verdadera vida es la vida que no llevamos», y en el fragmento inicial de los versos de Santa Teresa de Ávila se percibe el aroma de Aquel de quien se dijo que «en Él estaba la vida»[2].

   Vivo sin vivir en mí

   Y tan alta vida espero

   Que muero porque no muero.

   Vivo ya fuera de mí,

   Después que muero de amor;

   Porque vivo en el Señor,

   Que me quiso para sí:

   Cuando el corazón le di

   Puso en él este letrero,

   Que muero porque no muero.

 Vivir por vivir es desperdiciar la oportunidad de haber vivido; soportar la vida es resignarnos tan solo a existir; vivir sin que nada importe es renunciar a trascender. Cada quien escoge cómo y para qué vivir. Mientras tanto, Aquel que entre nosotros verdaderamente vivió sigue diciéndonos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»[3]. Tú escoges.

Julio C. Lugo, Mg.

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[1] Erich Fromm, “El Miedo a la Libertad”, p. 251

[2] Juan 1:4 – La Biblia

[3] Juan 14:6 – La Biblia

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